Te puede sonar complicado, pero no lo es. Para nada. La transferencia embrionaria es, simple y llanamente, la transferencia al útero materno de embriones que han sido producidos, en el laboratorio, bajo determinadas condiciones. Se trata de la última fase de toda fecundación in vitro (FIV), uno de los tratamientos de reproducción asistida más comunes.

El momento de llevar a cabo la transferencia embrionaria depende de cada caso y es definido por el ginecólogo especializado que realizará la técnica. Llega, por lo general, entre tres y cinco días después de la aspiración de los ovocitos.

¿En qué consiste la transferencia embrionaria?

Se colocan los embriones que han evolucionado bien (desde el mismo momento en que son fecundados) y se consideran los de mayor potencial de implantación y mejor pronóstico en un catéter especial. Tras una limpieza cuidadosa de la vagina, esa delgada cánula se introduce hasta una zona cercana al fondo del útero. Una vez que está bien situada, el embriólogo cargará los embriones en el catéter especial. Este, que todavía es más fino que la cánula, se desliza a través de ella. El profesional a cargo del procedimiento, por vía ecográfica, evalúa la posición del catéter deposita los embriones y en el lugar indicado.

El número de embriones a transferir dependerá tanto de la historia médica de la pareja (en especial, de la mujer) como de la evolución de los embriones, en el proceso de cultivo. En la actualidad, para evitar el riesgo de embarazos múltiples, se implanta solo la cantidad de embriones necesaria. Los actuales protocolos médicos, en el marco de las técnicas de reproducción asistida, así lo requieren.

¿Qué hacemos, después de la transferencia embrionaria?

Una vez que los embriones son depositados en el útero, la cánula y el catéter han de ser retirados con extremo cuidado y la mujer deberá guardar reposo, según prescripción médica. La finalidad es evitar que ciertos movimientos o esfuerzos puedan originar indeseadas contracciones uterinas que pusieran en riesgo a los embriones, mediante su expulsión. Por ello, recomendamos un reposo relativo (no absoluto), en el transcurso de la semana posterior a la transferencia.

Tras esa primera semana de extremo cuidado, la mujer puede retornar a una rutina de actividades normal, pero ha de continuar con una administración de progesterona, para conseguir un desarrollo óptimo del endometrio, en pos de que el embrión o los embriones se implanten correctamente.

Aproximadamente, catorce días después de la transferencia embrionaria, se procede a realizar un test de embarazo. Pero pon atención: ningún síntoma físico (sangrado, molestias, inflamación, etcétera) implica que se haya producido, efectivamente, el embarazo. Solo el análisis de sangre y la evaluación de la hormona beta-hCG, dos semanas después de la transferencia, confirman o no la gestación.

Tras ello, una semana más tarde, es posible visualizar el saco embrionario en el útero; y, a la siguiente semana, será posible advertir y evaluar el latido del corazón del embrión.

Como ya hemos comentado, la transferencia embrionaria puede formar parte de un tratamiento de fertilización in vitro (el llamado FIV), o puede realizarse, tras la vitrificación de embriones,  dentro de nuestro Programa iCreaFamilia.

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